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martes, 13 de agosto de 2013

Todos somos empresarios


Todos somos empresarios
Por Dusan Vilicic Held, publicado en Weakerties



Es muy común hoy en día que se hable de clientes, trabajadores y empresarios como si fueran cosas diferentes, y en base a estas supuestas diferencias se legisla para 'proteger' a unos de otros. Generalmente se lo hace -supuestamente- en detrimento del empresario y a favor de los otros dos. Pero al hacer esto, se ignora el hecho fundamental de que para las leyes económicas no hay distinción entre unos y otros. En efecto, para ellas todos somos empresarios, vendiéndonos y comprándonos servicios entre nosotros.



En economía, se suele hablar de los 'agentes económicos'. Esto es un eufemismo para 'seres humanos' o 'personas', básicamente. Un agente económico es cualquier persona, ya sea que interactúe con otras personas o que esté sola. Una persona debe economizar sus bienes escasos si quiere lograr los fines que se propone. Uno de los bienes escasos más importantes que todos poseemos es el tiempo, otros son, por ejemplo, nuestra fuerza de voluntad (que se agota y se recupera), nuestra paciencia, nuestra energía física y psíquica, y también los bienes materiales que tengamos a disposición. Si queremos lograr la mayor cantidad de fines posibles, debemos ser cuidadosos en cómo invertimos estos recursos que poseemos, y hacerlo en las actividades, bienes, y cosas en general que nos permitirán lograr nuestros fines. Estas cosas que nos ayudan a lograr nuestros fines son llamados 'medios'.

En esto no hay ninguna diferencia si a alguien se le llama 'trabajador', 'cliente' o 'empresario'. De hecho, de las tres, el concepto que mejor encaja con lo que es y hace un agente económico -una persona- es el de empresario. Un empresario básicamente es una persona que trata de lograr sus fines mediante la administración cuidadosa de los recursos o bienes escasos que posee, a los que se llama 'capital'.

Todos poseemos capital, entonces, porque todos disponemos de tiempo, energía y otros recursos. Si queremos comer una torta -nuestro fin- debemos administrar nuestro capital e invertirlo de forma tal que podamos obtener la torta. Si lo hacemos mal, no obtendremos la torta. Si lo hacemos bien gastaremos tantos o menos recursos que los que estábamos dispuestos a gastar para obtener la torta. El beneficio neto que obtenemos es la diferencia entre lo que valoramos los recursos utilizados y lo que valoramos la torta que obtuvimos. Si esa diferencia es 'negativa' -es decir, si valoramos menos la torta que lo que gastamos en obtenerla- se dice que incurrimos en pérdidas.

Esta forma de pensar se puede extender a todo, prácticamente: desde relaciones de amistad y amor, pasando por nuestras actividades de ocio, hasta nuestro trabajo y negocios. En efecto, cuando una persona considera que los beneficios materiales, emocionales y psíquicos que obtiene en una relación de pareja son menores que los costos, va a tender a separarse. Puede que la persona valore mucho más el no estar sola que el mal trato que la otra le dispensa, o puede que considere que estar con ella le da en cualquier sentido una mayor satisfacción que separarse. En tales casos, la persona probablemente tratará de continuar con la relación. Es una decisión que puede verse perfectamente como -y que de hecho es- una decisión económica, porque es administrar recursos escasos, energía psíquica y emocional, tiempo y recursos materiales, de tal forma de lograr de mejor manera los fines propuestos.

Un trabajador también es un empresario. Esto se evidencia de forma clara al extender esta forma de pensar a sus actividades. Un empleado ofrece un servicio a sus clientes, esto es, su mano de obra, su tiempo, su fuerza psíquica y física, sus conocimientos. Esto lo hace por un precio al que generalmente se le llama 'sueldo' (que no sólo es el dinero recibido, si no que incluye otros servicios adicionales). Pero el sueldo es un precio igual que todo el resto. Un trabajador debe decidir en qué invertir sus recursos. Debe invertir su capital de forma que este crezca y le permita satisfacer sus fines. Por ejemplo, debe capacitarse y entrenarse si espera poder competir con otros trabajadores que quieren vender un servicio similar al mismo cliente -el empleador-. Debe satisfacer al consumidor de sus servicios. De otra forma, el cliente podría elegir comprarle sus servicios a otro, de la misma forma en que si en un supermercado dan un mal servicio o tienen precios muy altos, un cliente puede elegir comprar en otro lugar. Tanto el empleador como el empleado deben esforzarse por ofrecer el mejor servicio posible si quieren tener la mejor rentabilidad posible. El empleado también puede elegir contratar a más empleados. Puede elegir invertir parte de su capital en acciones, o en bienes raíces. Puede elegir hacer horas extra, o dejar de venderle sus servicios a un empleador para venderlos a otros. O puede incluso venderle sus servicios a muchos empleadores al mismo tiempo, entre una infinidad de otras opciones.

Viéndolo de esta forma, se puede entender mejor los motivos y efectos que tienen algunas de las cosas que se hacen hoy en día. Por ejemplo, la negociación colectiva de los sindicatos es básicamente una colusión. Es decir, muchos trabajadores -empresarios- se ponen de acuerdo para aumentar el precio al que venden sus servicios. Ésto sólo funciona en dos situaciones. La primera es si de alguna manera todos los trabajadores forman parte o están obligados a formar parte del sindicato. Esto es similar a lo que pasó recientemente en el caso de colusión entre las farmacias: prácticamente todas formaban parte del "sindicato" de las farmacias. La otra forma es que el empleador esté obligado de alguna forma a no dejar de comprar los servicios de los sindicados o a pagar lo negociado con el sindicato al resto de empleados, o si es muy difícil terminar los contratos. De esta forma se vuelve muy difícil también cambiar a los empleados que cobran más por otros que estén dispuestos a cobrar menos. Sin al menos una de estas condiciones, el sindicato tendrá muy poca capacidad de aumentar el precio que cobran los empleados que lo integran, porque será fácil para el empleador dejar de emplear los servicios de los trabajadores caros y buscar otros más baratos, de la misma forma en que una persona deja de comprar en un supermercado que cobra mucho, para ir a comprar en otro que sea más barato.

Por último, un cliente es igual de empresario que cualquier otro agente económico. Como el resto, está comprando algo como medio para satisfacer algún fin que se haya propuesto, por ejemplo, compra comida -el medio- para saciar su hambre -el fin-. Para ello gasta -o invierte- tiempo, dinero, y otros recursos -su capital-. Debe decidir qué tipo de comida comprar, de forma que la elegida satisfaga de la mejor forma posible el fin. Es decir, como cualquier empresario, debe sopesar diversas variables, como el precio, tanto monetario como otros costos asociados (tiempo que se demora en ir al supermercado, dinero que se debe gastar en llegar, etc.), el valor nutritivo, sabor, marca, fecha de vencimiento y una infinidad de otras variables que distinguen a un producto de otro. Debe decidir cuál alternativa es más económica, cuál le reportará un mayor beneficio. Como cualquier empresario, esta persona no tiene una certeza de todas estas variables, ni de si el resultado final será efectivamente la satisfacción del fin. Lo que hace es estimar que una alternativa satisfará mejor el fin que el resto, pero no tiene ninguna garantía real.

Visto así, queda claro que todo agente económico -todo empresario- desea reducir los costes mientras aumenta los beneficios -el lucro-. Comprar lo más barato, tener la menor incertidumbre posible a la vez que se tienen los mayores beneficios posibles. Para lograr esto, deben actuar empresarialmente: deben administrar bien su capital y decidir en qué invertirlo de forma tal de poder lograr satisfacer la mayor cantidad de fines de la mejor forma posible. Hasta los políticos son empresario, administrando un capital para lograr sus fines (que no necesariamente son sus promesas de campaña, éstas tienden a ser el medio).

Y no sólo es posible ver las cosas así, si no que hasta es útil y beneficioso. Al pensar de esta forma, uno puede lograr una mayor comprensión de qué es lo que uno debiera hacer para lograr lo que uno se propone. Si una persona quiere lograr un mejor trabajo, por ejemplo, debe invertir en el propio capital de forma que algún cliente esté dispuesto a comprar sus servicios para el trabajo que quiere. Esto puede significar entrenarse, capacitarse, adquirir experiencia o un mejor portafolios, lo que sea que haga más probable que la persona compre sus servicios. Podemos entender los estudios como una inversión en nuestro capital de conocimiento, porque eso también es parte de nuestro capital. Uno puede comenzar a sopesar costos y beneficios y determinar qué cosas están significando una pérdida y cuáles reportan beneficios. Qué cosas hacer menos, y qué cosas hacer más. La empresa que es uno mismo, si es bien llevada, resulta en ser más feliz, exitoso y próspero.

martes, 30 de julio de 2013

Capitalismo y Clientelismo


Por Dusan Vilicic Held

Una réplica a la columna editorial “Capitalismo y Piratería” de Rolando Carrillo Jerez, publicada en Junio del 2013 en la revista DLECHE

En su columna, Rolando Carrillo habla de capitalismo y de cómo las grandes empresas “abusan” de su poder económico, de forma que el capitalismo debe ser “protegido de los capitalistas”. Si bien lo que dice tiene un fondo de verdad, hay muchos puntos en los que erra. Sus errores son muy comunes hoy en día, fruto de ideas erradas que han sido implantadas en la gente por ciertos grupos para su beneficio propio.

El primer punto que toca que requiere una aclaración es el supuesto “abuso de las grandes compañías en desmedro de sus clientes”. Como ya dije en un principio, si bien esta afirmación tiene un fondo de verdad, también parece indicar una idea errónea. Es verdad que por lo menos muchas grandes empresas activamente tratan de ganar ventajas injustas, pero hay que comprender que todos los agentes económicos buscan comprar al menor precio y vender al mayor precio. Esto no es injusto en ningún modo, todos tienen derecho de comprar lo más barato que encuentren y vender lo más caro que puedan. Ojo, que entre menos barreras de entrada haya, más difícil será que un grupo pueda ejercer “poder de mercado”.

Dicho esto, paso al segundo punto que quiero aclarar de la columna. Las barreras de entrada son, hoy en día, prácticamente todas impuestas por el estado. Por ejemplo, en la industria farmacéutica sólo las farmacias pueden vender medicamentos y deben cumplir con una serie de regulaciones que hacen que sea artificialmente caro entrar a competir. En el caso de los medicamentos es especialmente claro esto, si cualquier persona pudiera vender medicamentos, sería mala idea para las farmacias subir sus precios. Esto por motivos obvios: apenas subieran los precios, la gente compraría sus medicamentos en otros lugares. Difícil sería que todos se coludieran para subir el precio de los medicamentos. Claro, habrían de permanecer algunas regulaciones mínimas, como por ejemplo las que evitan que ciertos antibióticos se abusen resultando en cepas de bacterias resistentes. Pero sólo las absolutamente necesarias y nada más.

Los sindicatos son un ejemplo de colusión, después de todo, los empleados son agentes económicos iguales a cualquier empresario. Ellos venden sus servicios en el mercado como cualquier empresario lo hace. Pero esta colusión curiosamente no es mal vista, si no que incluso es llamada ‘derecho’ y protegida por el estado a través de más regulaciones. Todo esto a pesar de que redunde en mayores precios para los clientes, tanto para los empleadores en su rol de consumidores directos de los servicios de sus empleados, como para los clientes de la empresa de forma indirecta.

Lo apropiado es pensar en todo agente económico como un empresario. Al hacer esto, es posible entender mucho mejor la naturaleza de las relaciones entre los diferentes agentes y ver con mayor claridad las dinámicas de las relaciones que hay entre ellos y el efecto que tiene el intervencionismo estatal.

El siguiente punto es sobre la afirmación de que supuestamente el modelo de economía que nos gobierna es el capitalismo. Esto no es completamente cierto. En Chile y el mundo, lo que tenemos es una economía mixta. Hay servicios provistos por el estado, por ejemplo CODELCO, ENAP, la educación y salud públicas, seguridad (policía, defensa), entre otros. Estos son financiados coactivamente por algunos grupos (los que reciben una “devolución de impuestos” neta de valor menor a su aporte) mediante impuestos. También hay empresas privadas dependientes del estado, tales como las concesionarias, empresas subvencionadas de diversas formas. Algunas mantienen su hegemonía en el mercado gracias a la intervención estatal, tal como las farmacias, como mencioné más arriba. Estas últimas pueden ser llamadas compinches del estado. Y finalmente está la cola, el resto cuya financiación y supervivencia dependen sólo de su capacidad para ser eficientes, mantener costos bajos y buenos precios, y no de su capacidad para captar recursos extraídos coercitivamente por el estado.

En definitiva, no es capitalismo el sistema en que estamos inmersos, es una “economía social de mercado”, el “tercer camino”, una combinación de socialismo y capitalismo donde los menos conectados quedan expuestos al mercado, mientras que los que tienen suerte o buenas conexiones políticas (incluidos los políticos y diversos empleados estatales) parasitan al resto de las personas por medio del estado y obtienen las ventajas que son comúnmente llamadas “poder de mercado”.

Quiero también aclarar un detalle que menciona de que el capitalismo “estimula al ser humano a hacer cualquier cosa por acumular”. Nuevamente esta afirmación tiene un fondo de verdad por debajo de un lenguaje que induce a error. En primer lugar, no es el capitalismo lo que induce al hombre a acumular, si no que la propia naturaleza humana. En segundo lugar, la acumulación, bajo un sistema de libre mercado o capitalismo es para el beneficio de todos. Lo explico. En un mercado libre, la única forma legítima de enriquecerse es vender algo que mucha gente quiera a un precio mejor que lo que otros pueden ofrecer, y que sea atractivo para quienes quieren comprar. Si una persona, en un ambiente sin intervencionismo estatal, “perversamente” sube los precios, en primer lugar, venderá menos porque habrá menos gente dispuesta a comprar a ese precio. En segundo lugar, no pasará mucho tiempo antes de que alguien vea la oportunidad y empiece a vender un producto igual o similar a mejor precio y le quite más clientes. En tercer lugar, siempre puede alguien encontrar una forma de ofrecer el servicio más barato siendo más eficiente, usando mejor tecnología, etc., desbancando al anterior. El resultado es que en el largo plazo, las rentabilidades tienden a ser bajas.

Otro aspecto es que poca gente en su sano juicio acumula por acumular, dejando todo bajo su colchón. Lo que generalmente alguien hace es poner sus recursos a producir. Ya sea invirtiendo en otros mediante préstamos, compra de acciones, etc., o invirtiendo en sí mismos mediante capacitación, compra de bienes de capital, contratación de empleados que le permitan enfocarse en lo que hace mejor, etc. Todo esto redunda en que la acumulación no tiende a estar ociosa, si no que productiva, y tiende a irse a los lugares que sean los más productivos, siendo finalmente de beneficio para todos, porque cuando los recursos se usan en donde son más productivos, el resultado es que las cosas son más baratas y abundantes.

También quiero corregir una frase que cita. Mercantilismo, clientelismo, compinchismo o como Peña lo llama, “piratería”, no es un capitalismo sin reglas o con reglas débiles, es una situación en la que algunos grupos bien conectados crean (directa o indirectamente) leyes que los benefician a costa del resto. Los ejemplos que menciona hacia el principio de su columna (bancos, multitiendas, universidades, farmacias), son un claro ejemplo de un exceso de reglas, un exceso de regulación, no una falta o debilidad de ellas. Nunca en la historia ha habido tanta regulación como hoy, y nunca en la historia los grupos bien conectados han tenido más poder y ventajas. Claro que el discurso de ellos será que la causa de las calamidades de hoy es la falta de regulación. Es obvio, ellos son los que hacen las regulaciones a su medida, les conviene, así que claramente van a instigar un aumento de las regulaciones y el intervencionismo.

Finalmente quiero apuntar que la regulación que exista debe ser escasa, pero tal como menciona, debe imponer la justicia (no la “justicia social”, si no la real), hacer que los contratos se respeten, que la estafa, el robo y la agresión en general sea castigada. Esto es mantener un mercado libre, y no otra cosa. Pero también menciona que se debe evitar la codicia. Esto es errado. La codicia en un mercado libre está temperada por las leyes de la economía, que impiden que alguien se salga con la suya por mucho tiempo. Si alguien quiere vender más caro, no va a ganar mucho, porque le saldrá competencia y perderá clientes. Si alguien quiere vender bajo coste será a expensas suyas y para beneficio de sus clientes. Todo esto sólo si no hay intervencionismo estatal de por medio.

En suma, la paradoja del sistema en que estamos inmersos, la economía social de mercado, es que hay que protegerla de los políticos y sus compinches. Esto no sería necesario si de verdad estuviéramos en un sistema capitalista de libre mercado. Si quiere curar una enfermedad, no sirve atacar los síntomas, debe atacar la causa subyacente. En el caso de la economía, lo que usted menciona no son más que los síntomas, mientras que la causa subyacente es el intervencionismo estatal. Ese, y no otro, es el enemigo. No los capitalistas, ni los compinches, que son habilitados por el estado que se arroga poder interventor mucho más allá del necesario.